Matías Stiep, sobre el amor, la memoria y el dolor


Entrevista: Ariel Martínez

Matías Stiep tiene 28 años. Su último libro, Yo el pájaro y el cielo, fue elegido y editado como primer premio por un jurado de notables –Alberto Laiseca entre ellos–, en el rubro Novela, del Concurso organizado por el Fondo Editorial Rionegrino, dependiente de la Secretaría de Cultura de Río Negro. Una distinción que lo empuja escalones arriba en la ruta de lo que suele interpretarse como carrera literaria.
Matías, el hijo único que se busca la vida en los pasillos del Poder Judicial, es un escritor. Con todas las letras. ¿Se habrá convertido en uno cuando publicó su primer libro a los 19 años?
Su sangre lleva vidas ajenas en el torrente. Matías es un marionetista, un hilandero de historias como la del Caballero Rojo, o la de aquel soldado que vuelve de Malvinas.

Quisimos conocerlo, preguntarle mil cosas y contar su historia, la de un pibe nacido y criado en Cipolletti que busca exorcizar sus demonios –como los de cualquier hijo de vecino– valiéndose de las palabras. Un tipo simple, comprometido, curioso, que tiene muy pocos amigos “pero buenos, de esos que no te abandonan cuando se hunde el barco”.




¿Te gusta trabajar en el Poder Judicial? ¿Te moviliza algo más que la búsqueda del sustento?
Me gusta, lo entiendo como un servicio público y un ámbito donde, mal o bien, se busca mediar y resolver los conflictos entre particulares. También tiene una parte de expresión escrita que, aunque esté lejos de lo literario, suma porotos a la causa. De hecho, ahora creo recordar que Piglia aspiraba a una “prosa seca, como de expediente judicial”. Algo hay.


Parece una buena definición del trabajo de un escritor: “resolver conflictos entre particulares”. Entre eso y pergeñar los pasos de un personaje no hay mucha distancia.
Creo que sin conflicto no hay literatura. Una historia totalmente apacible y de felicidad ininterrumpida no atraparía a nadie. Creo que uno como creador debe ser un padre cruel para sus personajes, porque por el bien de la obra y del lector debe arrojar a sus criaturas al conflicto, al enfrentamiento con terceros y/o consigo mismos, largarles encima sus peores miedos como si fueran perros de caza. Entonces es cuando el texto gana en tensión, en intensidad, y el que lee (quien tiende a sentir empatía con uno o varios personajes si el autor hizo bien las cosas) necesitará saber qué pasa, y por ende llegar al final de la historia.

¿Escribir es un trabajo?
Escribir es un oficio durísimo, mágico, increíble. Y al final de esa extenuante cuesta arriba, ya casi junto a las nubes, el oficio rompe la crisálida y florece en arte. Creo que cuando uno escribe "profesionalmente" (es decir, cuando el oficio ha trascendido al mero pasatiempo ocasional) es un trabajo, porque insume mucho tiempo, mucha energía, mucho esfuerzo, y a cambio se obtiene una recompensa, que obviamente no es pecuniaria sino espiritual, emocional. Relaciono a esto la definición de "trabajo" que da la Física: si mal no recuerdo, algo así como la fuerza empleada para vencer una distancia. Tengo mis dudas respecto de la exactitud de ese recuerdo, todo hay que decirlo.


Imagino en tu mente una lucha entre obligaciones y pasiones. Del lado izquierdo, Stiep leyendo las páginas judiciales de los diarios; del lado derecho, Matías ensimismado buscando la frase perfecta para cerrar una idea sobre un aviador heroico. ¿Tiene algo de real esto?
Esa dicotomía es una constante en el oficio. Son muy pocos los escritores que viven plenamente de la literatura, y en esos casos excepcionales es un extremo paradisíaco que lógicamente han alcanzado luego de un camino largo. La mayoría debió o debe compaginar la vocación con algún “trabajo alimenticio” (parafraseando a Vargas Llosa). Ayer y hoy, por necesidad o vocación paralela, paralela o conjuntamente, tenemos todos los colores: periodistas (Soriano, Hemingway y García Márquez, entre miles); médicos (con Tolstoi a la cabeza); abogados/jueces (Tizón, Bossert y Filloy); contadores (Claudia Piñeyro); docentes (Kohan, Neuman, etc.); mineros del cobre (Rivera Letelier); psicólogos (Andahazi); incluso pileteros, como Bruzzone. Es un tironeo con el que uno nace y simplemente se acostumbra para que sobreviva el yo-escritor.


¿Le dedicás tiempo a leer los diarios? ¿Necesitás estar informado?
En otros tiempos fui bastante lector, de diarios online más alguno en papel. Llegó un momento en que por falta de tiempo esas instancias se fueron recortando. Hoy me mantengo en umbrales bajos pero todavía saludables de lo que se considera "estar informado".


Y para leer literatura… ¿cuánto tiempo te hacés?
Esto depende del libro y de mi cronograma. Si el libro ayuda y la agenda también, puedo liquidarlo en una semana o menos. Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy, me duró tres días. Por el contrario, peleé varios meses con los Cuentos reunidos de Faulkner. Hay atenuantes exculpatorios: mezcla mortal de poco tiempo y 780 páginas de letra diminuta. En su momento también tuve la costumbre de leer libros en formato .pdf; incluso hubo tiempos en que leía de un libro electrónico y luego, rato después, de otro en papel. He dejado un poco de lado la lectura en pantalla. Si bien en formato virtual se consiguen rarezas, obras inhallables, también lo es aquello que decía Saramago: "sobre un monitor no se puede derramar una lágrima".


En tu blog –Jardín de bolsillo– dedicás elogios a muchos autores. ¿Pero quiénes realmente dejaron una huella en tu escritura?
Creo que todos dejan algo. Empero, destaco por las enseñanzas y el asombro que me dejaron a: Onetti, Faulkner, Yourcenar, Mc Carthy; entre los nuestros, Dalmiro Sáenz, Soriano, Marcelo Di Marco.

 ¿Qué te enseñó la literatura que no aprendiste en la escuela?
La más profunda, pura y azul de las libertades.


El escritor y periodista Juan Cruz Ruiz dice en su libro Egos revueltos (Tusquets Editores) que a los autores los mueve la pasión y la vocación, pero el motor principal es el ego. Y lo cito textual: “Los escritores caminan para ser los mejores, de su barrio, de su ciudad, de su país. Del mundo entero. Ninguno se conforma con menos, pero no todos pueden llegar a ser aquello a lo que aspiran. Muchas veces se resignan por el camino y otras veces los halla el olvido mientras teclean la que va a ser su obra maestra, esta vez sí. Todos esos esfuerzos son naturales e incluso hermosos, animan a la sociedad literaria a seguir adelante, compitiendo. La competencia es, como el ego, parte de la naturaleza del oficio. Muchos escritores, en todo el mundo, han tenido alguna vez la vanagloria de la que presumía, riéndose de sí mismo, Jorge Amado, y el que diga que no es cierto, que él no compite, es probablemente quien con más ahínco genera en sus neuronas la obligación de ganar.” ¿Hay algo o mucho de cierto en esto? ¿Qué espacio debe ocupar en lo escrito el carácter de un escritor (sus obsesiones, su inseguridad, su genio)?
Me parece que el hacer literario alimenta y se retroalimenta del ego. Es el “oficio más solitario del mundo”, y en esa soledad inasible donde uno se sumerge, en la necesaria e inevitable búsqueda de sus más bajos fondos, creo que en cierto punto es necesario el ego como una suerte de armadura para emerger indemne. Supongo que a la postre puede terminar siendo un juego peligroso: quizás tenga que ver con esto la tremenda estadística de escritores suicidados, caídos en cumplimiento del deber.
Por otro lado, en su hoja el escritor funciona como un dios: alumbra mundos, vidas, destinos, y cinco palabras después bien puede arrasar con todo. Evidentemente hay autores a quienes debe de costarles el deslinde y regresan a esta “realidad” un poco mareados, altisonantes, jactanciosos, fanáticos de su propio culto: ya nada les queda por aprender. Luego, es como todo: en los escritores geniales se tomará como un rasgo anecdótico y hasta risueño de su carácter; en los medio pelo, como una veta odiosa.
En cuanto a las obsesiones, inseguridades, miedos, etc., es cierto que suelen relampaguear entre los renglones. Es que en algún punto siempre hay una inexorable pizca autobiográfica en todo lo que escribimos. Sutil o explícita, en más o menos cantidad, determinante o no, pero está. ¿Por qué? Será que la literatura sabe clavar con tanta furia sus raíces, morder con tanta fuerza, que una vez adentro ya no hay regreso, antídoto o exorcismo que valga. Entonces escribiremos como somos, como fuimos, lo que hemos vivido y lo que hemos soñado.



Los lectores creamos fantasías sobre las costumbres particulares de los escritores a la hora de sentarse a escribir. Vos tendrás las tuyas. ¿Qué necesitás para escribir?
Calculo que es esa soledad propia del acto creador literario lo que despierta la curiosidad. A fin de cuentas, somos curiosos por naturaleza, nos intriga el misterio y qué puede ser más misterioso que ese acto de magia incandescente que es un libro. La curiosidad y la falta de certeza (y también las mentiras que como travesura a veces sueltan los escritores) es lo que genera las fantasías.
Mis costumbres a la hora de escribir son bastante pedestres. Casi siempre escribo en computadora, empujado por mi caligrafía horrenda y por la indeseable compulsión a los tachones ante el primer error. Generalmente música de fondo, variable, dependiendo del momento. También tengo cierta tendencia a la nocturnidad.


Tus dos libros navegan sobre tiempos de guerra. ¿Cuánto tuvo de (in)conciente esa coincidencia?
Bueno, ambos tuvieron orígenes distintos. La idea de Estrellas Blancas se me impuso por nocaut en el primer round, allá lejos y hace casi una década; la de Yo el pájaro y el cielo, en cambio, ganó por demolición al final, en las tarjetas. Creo que, al final, se hermanan en esas palabras de O’Brien: “una verdadera historia de guerra nunca es sobre la guerra, es sobre el amor y la memoria, y sobre el dolor […] es sobre dos hermanos que no se contestan las cartas, y sobre gente que nunca escucha”. Con conciencia o sin ella, creo que en ambas aspiré a esas palabras.


“Estrellas blancas”, la historia del ex combatiente de Malvinas, ¿cuánto tiene de real? ¿Te pasó de decir “no escarbo más”, mientras te documentabas para escribirla?
En verdad, se dio el proceso inverso. Hace mucho tiempo, en una de esas mágicas librerías de usados, cayó en mis manos un libro sobre Malvinas, Los dos lados del infierno. El autor, paracaidista inglés que peleó en la batalla más salvaje de la guerra (la de Monte Longdon, una noche infernal de trazadoras, bayonetazos y combates cuerpo a cuerpo), entrevistó a varios británicos y también argentinos que estuvieron frente a frente durante esa noche en el monte, buscándose mutuamente para matarse. En todos los casos, cada veterano contaba su vida antes, durante y después de la guerra. Obviando algunos urticantes destellitos de nacionalismo (ej.: el despectivo argies), lo que me quedó grabado fue la crudeza del después que contaban los nuestros, especialmente esa crueldad con que todos nosotros les escupimos en la cara y en las cicatrices: el olvido, la indiferencia, las respuestas brutales que recibieron algunos que debieron mendigar con sus uniformes de Malvinas encima, por poner tres ejemplos. Y estoy seguro que ese no es el fondo. Sólo ellos, los que lo vivieron y lo viven, pueden saber hasta dónde llega el dolor y cómo se siente. Como en toda tragedia, claro.


La historia épica y aventurada del Barón Rojo -Manfred von Richthofen- te llevó a escribir una novela que permite una lectura acerca de la relación padre-hijo y los desenlaces que la influencia paterna puede provocar. ¿Por qué te interesaste en ese aspecto?
En este caso, más que un relato de sus hazañas de guerra, me interesaba el trasfondo humano de Richthofen. Un muchacho que desde su infancia fue fraguado -al rojo y a los martillazos, como todo metal- para llegar a lo que fue. A sus veintipocos, inmerso sin opciones en eso que al principio todos consideraban una aventura, una justa deportiva, se enfrentó a sus enemigos pero también a todos sus propios demonios. Al baile de máscaras en su corazón asistieron los deseos y expectativas y frustraciones de los otros; también, siempre latiendo, la impronta fatal del cumplimiento del deber llevado hasta sus últimas consecuencias.
Es cierto que en aquel tiempo los designios familiares eran una ley invencible para los hijos. Pero aún hoy, tan lejos en todo sentido del bienio 1917/1918 en que transcurre casi toda la novela, sobrevive algo de aquello. Confieso que por suerte no me ha tocado padecerlo, pero sí lo he visto y escuchado. Las secuelas no pueden ser otra cosa que tristísimas.


La última. Existen tres agrupaciones de escritores locales. ¿Puede pensarse que un día los autores cipoleños se unifiquen y multipliquen sus esfuerzos?
Sería un ideal, pero lo veo difícil. Es que, en el fondo, la unión en cada grupo pasa fundamentalmente por las simpatías y afinidades personales. Y eso, como dicen los españoles, “es una verdad como un puño”. No hay con qué darle.


* De Matías Stiep: en 2001 se edita Estrellas blancas; en 2009 incluyen sus cuentos Té para tres y Trescientas noches como trescientas paredes en la primera antología del Fondo Editorial Rionegrino; en 2010 se edita Yo el pájaro y el cielo; en octubre de 2010, el libro Yo el pájaro y el cielo formará parte del stand argentino en la Feria Mundial del Libro de Frankfurt, donde nuestro país es el invitado de honor.


Estrellas blancas | http://estrellas-blancas.blogspot.com
Jardín de Bolsillo | http://jardindebolsillo.blogspot.com
Escritores del Comahue | http://escritoresdelcomahue.wordpress.com/2010/01/28/matias-stiep/

2 comentarios:

Matías dijo...

Ariel: Por el espacio, tu esfuerzo y la gentileza, GRACIAS!

Un abrazo grande

Horacio dijo...

Muy buen reportaje y un abrazo para Matías, un gran tipo y excelente escritor.

Saludos

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